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Obras

SOLEDAD CORTÉS CHADWICK,

sobrina de Ana Cortés

“Eran siete hermanos, pero del primer matrimonio de mi abuela eran sólo 3 hermanas y dos hombres. Octavio y Rebeca eran del segundo matrimonio, por eso les dice “moñito” y “mijita” en sus cartas, porque eran mucho menor que la tía Nina (Ana Cortés). Fueron mujeres extraordinarias. Piensa tú, la tía Nina fue pintora; Rebeca fue directora de la Escuela de Visitadoras Sociales en Chile y después la mandaron a fundar la Escuela a Venezuela y Uruguay, también soltera; la tía Maruca fue profesora de francés; y la otra, la tía Celia Cortés Jullian, también formó la Escuela de Visitadoras Sociales de la Universidad de Concepción y fue su directora. O sea fueron mujeres de principios de siglo, pero muy líderes y pioneras”.

“Ellas perdieron a su padre cuando eran muy chicos. Se desapareció y quedó mi abuela a cargo de 5 hijos. Entonces tuvieron mucho apoyo de la familia Jullian, su familia materna, y por eso fueron muy cercanos a ella. Los Jullian eran como 8 ó 9 hermanos de los cuales mi abuela era la menor. Eran hijos de un marino francés que venía en el Buque Escuela francés Jean D’Arc, y que cuando conoció a mi bisabuela, en un baile, se enamoró de ella y se quedó en Chile. Mi padre y mis tías recuerdos casi no tuvieron de su padre”.

“La tía Nina (Ana Cortés) leía en francés desde chiquitita. Mi abuelita siempre les leía en ese idioma, y desde su infancia se familiarizaron con Víctor Hugo, Moliere y Dickens. Todos los hermanos tenían un bagaje cultural muy fuerte. Creo que el hecho de haber pasado apreturas, por la falta de su padre, y gracias a que mi abuelita siempre les inculcó la importancia de aprender y tener una profesión, las hizo forjarse en forma independiente, y ser capaces de seguir adelante ellas solas. Así que fueron muy innovadoras para su generación”.

“A ella le habría gustado casarse. Ella me habló una vez de un médico que fue su pretendiente, pero no se casó no sé por qué. Mi mamá siempre me decía, “la Nina (Ana Cortés) tuvo un pretendiente muy “dije”. Ella siempre echó de menos no haber formado una familia. Se entregó por entero a su pasión que fue la pintura y enseñar. Fue profesora toda su vida, tenía grandes amigas, viajó por todo el mundo, así que en el fondo, ella en todas partes tenía personas que la recibían con cariño, que la querían mucho, entonces tuvo una vida muy plena en ese sentido. Pero siempre me decía “yo no te quiero enseñar a pintar porque deseo que formes tu propia familia, y esta profesión y pasión, no te lo permitirá. No se pueden hacer con perfección las dos cosas. De hecho no podría haber viajado y hacer exposiciones en el extranjero con familia, en esa época se viajaba en barco y quince días se demoraba uno en llegar a Europa, agrégale el tiempo que tomaba montar una exposición…”.

“La tía Nina de chica se fue a vivir a París invitada a la casa de sus padrinos a los que ella adoraba, Don Alejandro Beltránd y Sra, ahí en el Boulevard de San Michell, cerca de los Jardines de Luxemburgo, vivió mimada y rodeada de cariño. Estudió en el colegio y continuó sus estudios de piano, creo que fueron en total 9 años los que le dedicó a él, pero después se decidió por la pintura. Me lo contó una vez cuando le pregunté “¿por qué se decidió por la pintura?”, y me dijo “es que no sé quién hizo un dibujo tan bonito, yo lo copié y me fascinó… y dije esto es lo mío”. Entonces no fue una cosa desde pequeña, fue como de repente. Fue entonces cuando vivía con sus padrinos en París, que decidió repentinamente que quería dedicarse a la pintura en vez del piano. Este fue un cambio que para su padrino fue muy inesperado y repentino, él era muy tradicional y sentía que tenía una tremenda responsabilidad en su educación, encontraba que la vida de los pintores era muy bohemia y de vida licenciosa y por lo tanto prefirió devolverla a Chile. Cuando la tía Nina volvió a Chile, mi abuela que era muy visionaria, le dio todo su apoyo para que estudiara pintura”.

“Ella iba a la casa de Juan Francisco González porque era una alumna muy querida de él. Habían unos cuentos muy simpáticos uno de ellos era que González le manda huesillos a un amigo suyo y le pide a la tía Nina que se los lleve, como ella viajaba en barco… no sé cómo habrán llegado esos huesillos a París”.

“Era gratis estudiar ahí - en la Escuela de Bellas Artes. Por eso ella decía “yo a Chile le debo mucho, sólo me pidió una miga de pan “que siempre se me olvidaba” y un carboncillo”. El año ‘25 mi papá Carlos, que era marino y estaba soltero en esa época, le regaló a mi tía Nina un viaje a Europa. En esa oportunidad se quedó en París a estudiar pintura, ahí estudió en la academia de André Lothe y expuso en el Salón de Otoño de París, donde sacó un premio. Entonces debe haber estado con medios muy limitados, viviendo en una buhardilla, en forma muy económica, pero así y todo se sacó su premio en el Salón de Otoño. Decía “yo era un modestito cuadro chiquitito al lado de uno de Manet” o de Monet (no lo recuerdo), al lado de uno de estos impresionistas famosos. O sea ella expuso junto con ellos, a ese nivel, y sacó premio. Y ahí fue cuando su padrino la recibió nuevamente, la reconoció y se sintió orgulloso de ella”.

“Era bajita, menuda y de voz suave y distraída, lo que más la caracterizaba era un encanto especial, lo que los franceses llamaban charme. Era muy amena, podías pasar la tarde entera escuchándole sus cuentos, sus viajes, sus anécdotas, cosas divertidas. Era una simpatía, una mujer muy culta, y a la vez entretenida. Era muy femenina y coqueta, siempre tenía sus cositas especiales, como su boina hacia el lado, sus carteritas, siempre la veías bien vestida, con sus cositas finas. Por su puesto que en su taller con su delantal y todo su cuento, pero ella siempre estaba bien”.

“Estaba al día en todo, sabía mucho de historia, gran lectora, parte de estos libros que ves aquí eran de ella, muchos en francés, algunos en inglés. En cuanto a política no se involucraba mayormente, no le gustaba el comunismo al que temía, pero tampoco el nazismo y Hitler. Era más bien de centro derecha. Era conservadora en algunas cosas, pero también de pensamiento liberal, gozaba de una amplitud enorme de criterio. Respetaba la religión, pero no era muy observante. Tenía unas monjitas amigas a las que siempre ayudaba, las Hermanitas de los Pobres, donde fue amiga especialmente de la madre Dominique, que era francesa, y hermana de Madame de Bonuard a quien conoció a través de ella, amiga que la recibió siempre en París. Ella debe haber sido simpatiquísima y parece que era muy piadosa, según contaba en una de sus cartas, una vez fueron juntas al teatro y delante de ellas se sentó Sartre, la tía Nina decía, “yo lo hallé estupendo de buenmozo, pero Madame de Bonuard… está rezando hasta el día de hoy para que ese Sartre se convierta. Mientras yo miraba lo buenmozo que era, ella lo habría querido con una tonsura atrás”.

“Tenían entre ellas – las hermanas - una relación adorable, vivían juntas, pero nunca las veías pelear, lo pasaban muy bien entre ellas, su casa era un rinconcito de la felicidad. A la tía Nina le encantaban los gatos, entonces por eso en sus cartas siempre “manda saludos a la Paloma y los gatitos”. A la tía Maruca no le gustaban, porque las otras se iban de viaje y le tocaba cuidar a los gatos a ella. Y la tía Rebe, que era mucho menor, era exquisita para todo lo que era comida, todo lo hacía delicioso, los scons calentitos para la hora del té con mermelada de naranja, todo te lo hacían rico y fino, como si fueras la Reina de Saba. Eran muy sencillas, pero siempre con detalles, con su loza que se había traído de Holanda, cosas finas y bonitas. Todos tenemos esos recuerdos de estas tías adorables”.
“En su casa había un jardín con una higuera y un damasco, un cerrito, un parrón, flores. A ella le encantaban las plantas, hasta el final de sus días jardineaba, con 100 años. Cortaba todas las hojitas secas, no le gustaba ver las cosas feas. Con el bastón escarbaba e iba sacando las malezas.”.

“Sus más amigas, con quienes se juntaba a pintar y copuchar, eran la Henriette Petit, Inés Puyó, Maruja Pinedo, Marta Colvin, María Tupper, Lili Garáfulic y Marta Villanueva”.
“Hasta los 100 años la tía Nina estuvo vigente, íbamos al teatro, a tomarnos un café. Su vida era viajar y conocer, y decía “es un pecado no conocer tanta maravilla que hay en el mundo”.

15 de noviembre de 2012

FERNANDO MARCOS MIRANDA,

pintor muralista, ex alumno de Ana Cortés.

“Nosotros convivimos porque yo tendría 16 años cuando me matriculé en la Escuela de Artes Aplicadas y Anita hacía clases de afiche donde yo asistí. Yo tenía jornada hasta las seis en mi trabajo y me matriculé a los cursos vespertinos y a los talleres libres. Me matriculé en grabado con Bontá y afiche con Anita Cortés. Los cursos eran gratuitos. Había un examen de admisión. Estuve como un año y medio en el taller”.

“Las revistas francesas llegaban con impresiones de afiche. Aquí se hacían afiches para ciertas farmacias, negocios y además el afiche tenía una carga social, era crítica. Los afiches que se generaban en la Escuela de Artes Aplicadas eran para partidos políticos, pero comercial también”.

“Lo interesante de la Escuela era que se vivía en una estrecha convivencia entre los artistas y los profesores. Porque muchos venían llegando de Francia, estaban en los comentarios de la plástica de avanzada mundial, y todos tenían un espíritu de desparramar la nueva visión, arreglar las letras a los letristas. Los letreros de los negocios pasaron a tener otra comunicación, no eran solamente letras sino acondicionados a elementos que impulsaban lo que se vendía. Eran elementos activos, no eran solamente letristas. Había una influencia de la EBA, donde existía un aire franco español”.

“En la Escuela de Artes Aplicadas tenían un gran reconocimiento por el “hacer social”, en razón a las demandas de los trabajadores, a la ordenación alegre de embellecimiento que sorteaba la tradición con las nuevas tendencias. Como Anita Cortés, Héctor Banderas, profesor de telar. Y entonces se formaba entre los de la Escuela de Bellas Artes una gran confraternidad entre Banderas, Cortés, Bontá, etc. Entre sí ellos convivían la sociabilidad y lo expandían entre los alumnos por imitación”.

“El taller de Anita, en primer lugar no era escolar, era heterogéneo, habían entre 8 y 15 alumnos por taller, se admitían hombres y mujeres de diferentes condiciones sociales, nacionalidades y orígenes, porque la Escuela de Artes Aplicadas tenía el privilegio de ser más democrática, había un espíritu de renovación, de vanguardia y por una nueva condición de sociedad. En cambio, la de Bellas Artes tenía un nivel superior y sus alumnos también, era un lugar cerrado a la aristocracia nacional”.

“Anita era muy atrayente, porque era muy amistosa. Se hacía querer porque tenía bastante actividad pedagógica cordial. Tenía una visión social bastante marcada. Me acuerdo que organizó un hogar para mujeres en el centro de Santiago. Sus clases eran sumamente atrayentes, porque ella traía la visión Europea del momento y lo mezclaba junto con lo puramente chileno. Condescendiente con el alumnado, bien señera cuando había que corregir los trabajos y decir cómo había que hacer las cosas”.

“Gracias a ella yo soy uno de los primeros afichistas chilenos en razón a lo social. No era solamente hacer dibujos, sino en razón a alguna temática especial para mostrar. Por ejemplo, la historia del tejido Anita la contaba tomando el manto araucano, lo traía y explicaba cómo lo hizo el artesano, hablaba de su técnica, de la geometría. Siempre existía un por qué, con una razón, para manifestar, criticar, etc.  O se traía un modelo francés para basarse, sacar ideas, refrendar ideas. Porque si ella traía un afiche y lo mostraba ella explicaba porqué tenía valor, cuales eran los elementos expresivos, cómo era la adecuación espacial. Para hacer los afiches se recomendaba usar témpera o acuarela sobre papel”.

24 de julio de 2013

HERNÁN FIERRO,

enmarcador, ex alumno de Ana Cortés.

“Cuando yo ingresé a la Escuela de Artes Aplicadas de la Universidad de Chile, era gratis. El director era el escultor don José Perotti y ahí Anita hacía clases de afiche, donde yo estuve un par de veces. Pero fue cuando yo entré a la Escuela de Bellas Artes, a pedagogía, que la conocí como profesora y pintora. Después ya éramos amigos y mi clienta de marcos”.

“En la Escuela de Artes Aplicadas habían distintas academias con varias especialidades. Yo entré al curso de croquis con Ramón Miranda y Juvenal Rubio. Dibujo nos enseñaba don José Caracci y tenía de ayudante a Lea Kleiner. Yo estuve 3 años haciendo croquis en cursos vespertinos mientras estaba en el liceo. Ahí había gente de todas las edades”.

“En ese tiempo el fin del afiche era representar algo del momento, una exposición o una celebración como la Fiesta de la Primavera, por ejemplo. Al principio eran académicos pero después hacían cosas más modernas, más simples. Eran verdaderos cuadros, todo lo hacían a mano. Se usaba mucho la témpera o pintura al huevo. Anita nos enseñó la técnica de la monocopia, con una cuchara, un vidrio, trementina y un papel. El afichismo era una cosa de moda. Camilo Mori hizo muchos afiches. Carlos Pedraza también”.

“Anita tenía su ayudante, Aída Poblete. Gran pintora. Anita era muy suave, no era autoritaria, entonces los alumnos éramos re malos, hacíamos muchas bromas, pero la queríamos mucho. Ella explicaba cosas y siempre terminaba las explicaciones con un “¿verdad Aída?”, “cierto Anita”, respondía su ayudante y nos matábamos de la risa”.

“Era bajita, siempre muy elegante, muy bien vestida, muy ordenadita. Sus sobrinas la sacaban a pasear cuando ella ya no podía caminar”.

“El año 70 más o menos se quemaron los talleres de arriba del Bellas Artes, donde estaban Montecinos, Cáceres, Ossandón, Pedraza y otros, y todos los artistas se fueron a la casa de la Inés Puyó a trabajar. Ahí se juntaban todos los artistas a pintar y entretenerse, donde nunca faltaba Anita”.

5 de marzo de 2013

XIMENA CORTÉS CHADWICK,

sobrina de Ana Cortés.

“Ella se educó en un colegio en París y fue don Alejandro Beltrand, su padrino, quien la llevó a educarse a Francia, porque mi abuela se casó por segundas nupcias. Su papá se desapareció, dejó cinco niños y ninguno supo de él. Era un tema doloroso.

“Cuando la tía Nina terminó el colegio en París, donde la habían educado con mucho cariño y dedicación, siendo muy regalona, quiso estudiar arte en París y su padrino le dijo que no, que él no le aceptaba que estudiara eso, porque no era apropiado para una señorita. Entonces se vino a Chile. Un tiempo después mi papá que era soltero, le pagó el pasaje de vuelta a París para que se fuera a estudiar arte el año ’25”.

“La tía Nina tuvo un pololo que era doctor con el que quiso casarse, pero desgraciadamente no resultó. Fue una gran pena para ella no haberse casado”.

“Al museo de Linares hizo una generosa donación de una parte de su colección de objetos de arte y cuadros (propios y de otros pintores) fue a instancias de Pedro Olmos, muy amigo de ella, y por mí también porque yo vivía en Longaví, donde ella iba a veranear y quería mucho esa zona. La tía Nina era muy generosa, especialmente con nosotros. Tenía un cariño inmenso por nuestro padre, pues eran muy unidos y siempre le estuvo agradecida de la ayuda que le prestó para volver a París. Para mis hijos fue como una abuela, pasamos juntas navidades, cumpleaños y siempre preocupada de los detalles más pequeños para darnos gustos. Llegaba a nuestra casa siempre acompañada de su caja de pinturas, ya que siempre estaba pintando, y nuestros hijos le pedían “cuéntenos de la princesa que fue a buscar una estrella y del rebaño de elefantes”. Ahí ella comenzaba a recitar el poema de Rubén Darío a Margarita de Bayle una y otra vez. Con cariño nos trasmitió su visión de artista y pedagoga, con su imaginación nos hizo recorrer el mundo y nos enseñó a gozar de la magia de las cosas bellas y sencillas”.

“La tía Nina siempre se sintió protegida por 20 arcángeles, con los que un día soñó. Ella los “prestaba” a quienes se los pedían, para ayudarlos, siempre y cuando no se tratara de nada material”.

2 de marzo de 2013

EUGENIO MANDIOLA,

coleccionista, experto en identificación de cuadros y amigo de Ana Cortés.

“La primera vez que estuve con ella fui a conocerla a su casa que estaba pegada al cerro San Cristóbal y estuvimos conversando tres horas de arte sin parar. Era dulce querible, encantadora, diba, atrayente, empática, entretenida. Su taller era enorme, unos 7 metros cuadrados, tenía vista al sur o sea al cerro. Ahí tenía unas divisiones donde iba guardando sus cuadros. Y como con el tiempo empecé a ir harto, le trajinaba los cuadros mientras conversábamos. Entonces mientras ella pintaba, yo sacaba un cuadro, lo limpiaba con un paño y le preguntaba “y éste de cuándo es?”,  y ella me contaba la historia del cuadro, con quienes andaba cuando lo boceteó, si era algún lugar en Chile o París, y así fui conociendo sus obras. De esas veces le compré cosas muy bonitas, como “El Mercado de Curicó”, que tengo el boceto por ahí guardado. No ponía música en su taller, lo que me llamó la atención. Normalmente los artistas ponen música clásica bajita”.

 “No necesitaba mucho para vivir, porque vivía con sus hermanas en una misma casa y tenía sus ingresos como profesora. Ella había sido alumna de croquis de González y me contaba que él les hacía hacer croquis sin levantar el lápiz, muy estricto, y ella fue una de las pintoras preferidas de él. Luego cuando Anita fue a estudiar a París con André Lothe, tanto él como sus alumnos quedaron muy admirados de esta niñita chilena que hacía el croquis completo sin levantar el lápiz. Lo que más me contaba era esta experiencia en el curso de André Lothe y cómo subió la apreciación por su trabajo cuando veía lo rápido que avanzaba en comparación con los otros alumnos franceses. Y en ese tiempo su pintura ya era evolucionada en comparación con lo que se estaba haciendo en Chile”.

“Cuando ya tenía auto ella un día me invitó a la casa de don Luis Vargas Rosas, que en esa época era Director del Museo Nacional de Bellas Artes, y de Henriette Petit, su señora, en la Avenida Perú. Era una casa muy peculiar. Y a la francesa sacaron vino y quesitos y los tres se pusieron a conversar y yo a oír de todas las anécdotas y chistes. Se mataban de la risa los tres y seguían tomando”.

“Después de ese tiempo yo empecé un negocio y lamentablemente me desligué de todo. Ya no pasaba las tardes con ella en su casa, donde su hermana Rebe nos atendía con un rico té. La casa era muy linda, llena de muebles antiguos que deben haber heredado. Y el taller era muy acogedor, una pieza grande. Entonces yo con 35 o 40 años le hurgueteaba todos los cuadros y ahí encontré y le compré “El Mercado de Curicó” del cual conservo sólo el boceto, porque el cuadro lo vendí. Ella decía que ese cuadro era la historia de su vida, en cada parte de esa tela ella rememoraba distintos períodos de su vida, París, sus clases, Chile, etc”.

“Montparnasse lo integraban los hermanos Manuel y Julio Ortíz de Zárate y otros que todavía no se desapegaban mucho de la academia. Se jugaron más con el color que con las formas. Continuaban en la figuración. Anita también integró este grupo, pero ella comenzó a liberarse en los ‘60, donde había algo más sensitivo, más interpretación. Y cuando ella me explicaba esos cuadros se le llenaban los ojos de lágrimas. Los últimos 25 años ella se fue desde lo figurativo a algo más abstracto, como lo del grupo Montparnasse. Porque yo creo que en los ‘60 ella hacía vistas de París, de Santiago, todavía nada abstracto. Yo catalogaría a Anita en Montparnasse pero también en la Generación del ‘28”.

“Creo que lo más importante de Anita es que Juan Francisco González la consideraba su preferida entre sus alumnos. Y ese era el ojo del maestro. Gracias a eso ella se destacó entre muchos. Pero hoy está escondida, desaparecida de la historia. A mí gusto faltó el factor comercial de la familia, porque si la hubieran promovido con exposiciones no estaría en el olvido hoy”.

9 de septiembre de 2013

WENCESLAO DÍAZ,

investigador y recopilador

“Anita Cortés fue una gran artista y, según mi parecer, completamente postergada”.

“Nosotros la conocimos porque ella vivía en la calle Crucero Exeter, y entre el año ‘80 y ‘90 teníamos una galería muy cerca de ahí, en la calle Antonia López de Bello. Primero la conocí como artista porque la fui a visitar a su taller. Yo sabía quién era, conocíamos bastante a la Inés Puyó que era amiga de ella y por ese lado había cierto grado de amistad. Pero también la conocí porque ella, que era una mujer muy encantadora, salía a caminar cerca de su casa, y yo creo que como iba a Pío Nono a hacer unas compras o cosas por el estilo, pasaba frente a la galería que tenía un patio muy bonito, y ella entraba y se sentaba en los bancos que teníamos ahí. Fue en ese lugar donde yo le tomé una fotografía muy bonita, que es la que está en el Museo Nacional de Bellas Artes, yo le doné la fotografía a la Biblioteca del Museo”.

“Entonces había una simpatía y cercanía, ella era muy cariñosa. Para mi santo, que es un nombre poco común, ella escuchó en la radio que era San Wenceslao y pasó por mi puerta y me dejó uno de esos cuadritos que ella hacía para regalarle a sus sobrinos, “las manchitas” que realmente como pintura son bastante insignificantes, mejor que no lo hubiera hecho (risas). Quizás en las que le regalaba a sus sobrinos había una mayor selección. A veces pasaba por la galería y echaba un mensaje por debajo de la puerta o cosas por el estilo. Solía andar con la hermana, que era un poco menor que ella y que murió antes que ella. Se suponía que la Anita como hermana mayor moriría antes que ella. Pero bueno, después cuando se terminó la galería le perdí la pista”.

“En una oportunidad hicimos una exposición con ese grupo de pintores, donde estaba también la Inés Puyó y otras personas más, que en esos años habían pasado por una eclipse total, era casi como si hubieran muerto. Era muy poco lo que se hacía con ellos. Entonces hicimos una exposición de ella en la galería, había una sala grande y yo pensando en colocarla sola en un muro, para destacarla, al parecer la puse donde no correspondía. Y ella pasó y me dijo “mire mijito, usted debe saber que cuando pone a una artista más importante la debe poner en la pared principal”, pero de muy buen modo. Yo le dije “yo pensé que ese era el mejor lugar, donde usted estuviera sola”. Pero no era así, para ella aunque estuviera entre dos cuadros, tenía que estar al medio. Se consideraba más importante porque era Premio Nacional, pero nunca me lo dijo explícitamente”.

7 de marzo de 2013

LUIS MÜZENMAYER,

ex alumno y ayudante de Ana Cortés

“Ella era una excelente pintora y excelente persona”.

“Yo ya había egresado del colegio cuando entré a la Escuela de Artes Aplicadas y una de mis inquietudes era la gráfica, entendida como el cartel. Tenía una imagen de aquellas cosas. Llegué a los 17 años, más o menos en el año ’45, e ingresé como alumno regular. Marco Aurelio Bontá era el jefe del área gráfica en esa época”.

“A Anita la conocí como alumno en el “Taller de afiche y propaganda”. Posteriormente hubo concurso para hacer la ayudantía su curso, que yo gané, y seguí como ayudante durante algún tiempo, pero cuando yo cumplía 19 años Anita me dice que tiene una beca para ir a Francia y tuve que reemplazarla 5 años seguidos, entre el ‘49 y el ‘53. Cuando regresó sus apariciones eran esporádicas y cortas, porque sus amores estaban en la Escuela de Bellas Artes, sus amores profesionales. Allá tenía su taller como todos los profesores. La ventaja de tener taller allá era que estaba cerca de todos sus colegas, en la parte académica como también pictórica. Y los talleres muchas veces eran compartidos, porque eran pequeños. Creo que ella lo compartió con Maruja Pinedo y había una relación muy cercana entre ellas”.

“Nuestros talleres no eran con mesas individuales, sino que eran unas 8 mesas, hechas con un par de tablones, en los que se instalaban cerca de 6 alumnos. Y las mesas eran competitivas, tratando de superar a la mesa que seguía, aunque igual se hacían trabajos individuales. Por ejemplo, Anita ponía el tema de la manzana y lo teníamos que desarrollar en un color, pero a través de 12 propuestas distintas en rectángulos de 6 x 8 cms. Luego ella nos llamaba a cada uno, los revisaba y elegía dos, en una especie de clase particular, para que los hiciéramos en “medio mercurio”, o sea 1,10 x 77. Así poco a poco, los alumnos se iban impregnando de lo que era la estética, equilibrio, estructuras, composición. Y finalmente resultaban más de 40 soluciones distintas. Es ahí donde se va desarrollando la labor, a través de los conocimientos previos, porque al alumno se le entregaban todas las herramientas, desde el pincel, tanto los conceptos como las formas, y él iba madurando su propia subjetividad sobre el tema propuesto. Algunos alumnos estrella de Anita fueron Santiago Natinno, José María Palacios,  Samuel Musquín, Luis Oviedo, Ditter Buze y Waldo González”.

“En el ’53 cuando ella retorna de su viaje a París, se encuentra con que las cosas han ido cambiando en muchos aspectos. Primero, el desarrollo del plan de estudio, porque académicamente las cosas fueron tomando otros caminos. Nosotros en nuestras actividades académicas éramos absolutamente independientes, no era mandatado por el director. Obviamente había un plan común del taller, pero ese plan permanentemente estaba evolucionando. Entonces lo que Anita estaba enseñando correspondía a un programa más académico, en que se buscaba una expresión más pictórica, pero los cambios venían porque nosotros ya estábamos viendo que la dirección iba más hacia el “producto”. Entonces cuando comenzamos a descubrir que el producto tiene ciertas características y que se está produciendo grandes cambios en la cultura de este país… porque antiguamente la gente compraba azúcar y se la entregaban en un cartucho, entonces uno no sabía de qué origen era, y de repente comenzaron a aparecer las marcas en los envases y los productos del comercio comenzaron a identificarse por marca. Y nuestros alumnos fueron absorbiendo esa necesidad de poder graficar y distinguir entre los productos, ya sea en el envase como en otros soportes. Y así el taller de gráfica fue tomando de a poco esas necesidades que se estaban manifestando. Junto con eso viene otro desarrollo: dar a conocer productos a través del aviso de prensa. Después se introducen las vallas camineras, las exposiciones como la FISA, los stands, etc. Entonces cuando llega Anita ya se encuentra con estos cambios que venían caminando y seguían avanzando.

“Anita hacía su jornada, pero cada vez más alejada de lo que se estaba necesitando, porque aunque el afiche o el cartel sigue siendo muy importante, ha ido perdiendo su lugar en que el cartel fue un verdadero arte, el necesario “grito pegado al muro”. Según mi parecer, ya era poco lo que podía entregar Anita, porque lo que ella había aprendido en Europa ya estaba muy pasado. Cuando Anita se acoge a jubilación yo nuevamente postulo por concurso a profesor, cargo que gané y continué hasta el año 81”.

“Esa Escuela era nuestra segunda casa… gran pena que esa Escuela desapareció. Se supone que tenía que cumplir un papel muy apegado a la industria, y eso nunca pasó. Quizás nosotros, en el taller de afiche, éramos los que más lo lográbamos, porque nuestros alumnos llegaban a las oficinas de publicidad y a Zig-Zag”.

“La Escuela estaba dividida en dos partes: una para los  artesanos y otra para los artífices; estos últimos entraban con la Prueba de Aptitud Académica. Cuando yo estudié ahí existían ramos comunes: historia del arte, arte popular, geometría, dibujo y pintura; y estaba dividida por áreas: fuego, gráfica, textil, ebanistería y decoración de interiores. Además de los cursos normales, existían cursos libres vespertinos de 6:30 a 8:30 de la tarde. Y ahí entraba gente muy variada que trabajaban vendiendo en el mercado, en bancos, de distintas edades y procedencias”.

5 de septiembre de 2013

PATRICIO CORTÉS CHADWICK,

sobrino Ana Cortés.

“La característica principal de la tía Nina es que ella era muy narrativa y describía hasta el más mínimo detalle. Cualquier cosa que te contaba lo hacía tan bien, que uno nunca se aburría con ella. Disfrutaba con todo, era gozadora de todo lo que veía y eso lo transmitía a la gente que estaba con ella. Hablaba 3 idiomas: inglés, francés y español. Era religiosa, pero a su modo, y en política se podría decir que era de centro derecha. Tenía su carácter, “como buena artista que se respete”, un poco desordenada y distraída lo que se reflejaba en su taller.

“La tía Nina cuando vivían en Valparaíso de chica, nos contaba sobre las tormentas de manera muy vívida. También vivieron en La Serena y en Quillota, en una chacra que tenían los Jullian. Luego, los dos hermanos de la tía Nina, compraron una casa grande en Ñuñoa para la familia donde estuvieron varios años hasta que murió mi abuelita. Después las tres hermanas vivieron en un departamento en Av. Santa María y finalmente en la casa de Crucero Exeter a los pies del San Cristóbal , siempre cerca de su querido Bellas Artes”.

“Ella vendía los cuadros y con esa plata viajaba. Hacía exposiciones y ahí vendía. Y la tía Nina era pésima comerciante, se los vendía re baratos. Le daba vergüenza poner un precio y cobrar. Le compraban harto, aunque la mayoría de los cuadros están regalados en la familia. Yo no sería capaz de vender ningún cuadro de la tía Nina, ni a un museo, a ningún precio. Prefiero heredarlos a mis hijos porque todos la conocieron y quisieron mucho”.

“A Jorge Cauas, que era ministro del gobierno militar, le gustaban mucho los cuadros de la tía Nina y le compró hartas obras. Trabajábamos juntos en el Banco Central, con Eugenio Mandiola, quien también le compró otra cantidad enorme de cuadros, pero se los tuvo que vender después a Jorge Cauas porque estaba en una mala situación económica. Ahora este último debe ser una de las personas que tiene más cuadros de la tía Nina. Imagínate que él se arrancaba del Ministerio para ir a conversar con la tía Nina en su casa, porque ella tenía esa particularidad de ser muy amistosa y entretenida y recibir a todos con mucho cariño”.

“La tía Nina se fue muy joven a Francia, porque la abuela Anita, la mamá de ella, era viuda. Después se volvió a casar y luego se separó. Del segundo marido no tengo mucha información. En el período, en que ya se había separado del segundo marido, la abuelita Anita se fue a vivir con la familia Jullian, entonces don Alejandro Beltrand, padrino de la tía Nina, que era el representante del salitre en Francia, y que la quería mucho la invitó a vivir con ellos para continuar con su educación. París en ese tiempo era el lugar donde estaban todos los pintores impresionistas y se me ocurre que por eso la tía Nina tenía este tipo de pintura (la de los inicios, figurativa y de pincelada más suelta)”.

“La tía Nina debe haber muerto a los 102 años, y al final de sus días, cuando nosotros la íbamos a ver, ella nos decía que estaba pintando algo y nos llevaba a su taller para mostrarnos lo que estaba haciendo, desgraciadamente ya no podía pintar, era sólo su imaginación , gracias a ella nunca dejó de pintar en su mente. Pintó hasta los 95 años más o menos. Tenía el taller con vista al sur, porque decía que la vista al sur era mucho más luminosa, era amplio, alegre y desordenado. Tenía un montón de cuadros a medio terminar. Para sus sobrinos era el lugar mágico donde ella nos enseñaba y explicaba sus pinturas.”

“Pasó parte de su vida viajando a Francia y a Italia, que le encantaba, y llegaba maravillada con la cultura etrusca. Y en México se impresionó mucho con la pintura de Siqueiros en que predominaban los rojos y negros, colores fuertes. Y aunque en general la tía Nina siempre había pintado con colores más tenue, adoptó eso de México”.

“Vivió un tiempo con nosotros cuando yo me fui con mi familia a vivir a México. Cuando salíamos con ella a pasear la tía Nina nos daba otra dimensión de las cosas, nos indicaba lo que realmente teníamos que observar. Le llamaba la atención el arte de la gente, la artesanía azteca, lo que se ve tanto en las iglesias, como en las ferias. Cuando volvió de México sus cuadros tenían un colorido que antes no tenían, donde resaltaba el rojo y negro”.

“Ella partió desde un inicio con los cuadros abstractos. Juan Francisco González también era abstracto en ese tiempo. Yo siempre vi este tipo de cuadros”.

8 de julio de 2013

RICARDO BINDIS,

crítico de arte.

“La conocí el año ‘55 en una exposición, época en que yo escribía en La Nación. El ‘56 parece que escribí sobre ella. Era una persona bastante culta, viajó varias veces a Francia y, según contaba Bontá, era una mujer muy arriesgada, porque se fue sola el año ‘25 a Europa, sin comadrona, y en esos años no era fácil que una mujer se fuera sola, en barco más encima”. 

“Ella hablaba muy bien francés, era muy afrancesada toda la gente de esa época. Hablaba en francés para referirse a ciertas cosas en su vida cotidiana, cosa que hacían casi todos los del ‘28. Lo tenían muy pegado, porque la línea era francesa en ese momento y todos tenían como meta llegar a París. Ahora eso cambió, todos quieren llegar a Nueva York”.
“Era una mujer muy dúctil, porque era una pintora que en el fondo era figurativa, pero absorbió muchas cosas del fauvismo y de la pintura de los años ‘20. Después imagínese que en los años ‘50 se puso abstracta. Entonces una mujer de casi 70 años que hace un viraje hacia la abstracción, se estaba modernizando. Al parecer ella hizo un tercer viaje a Europa donde absorbió el arte abstracto (’49-’53)”.

“Lo que pasa es que en Chile en los años ‘50 vino una gran exposición francesa, la más importante exposición que se ha hecho sobre arte europeo en Chile que se llamaba “De Manet a nuestros días”, y ahí llegó mucha pintura abstracta de pintores jóvenes de la Escuela de París, de Soulages y otros. Entonces los jóvenes chilenos rápidamente tomaron esa línea de abstracción, entre los cuales estaba por su puesto Balmes, la Gracia Barros y otros de ese momento. También ahí se pusieron abstractos varios pintores que ya tenían trayectoria, por ejemplo Camilo Mori, Ana Cortés, Héctor Cáceres y otros que hicieron intentos, y yo diría que el mejor de éstos era Ana Cortés. Ella partió como en los ’50 o ‘60, quizás porque la influencia llegó acá medianamente tarde, porque la pintura abstracta se desarrolló después de la Segunda Guerra. Me refiero a la pintura abstracta en el sentido más puro, auténtico, la no figuración, porque lo que hizo Kandinsky no es lo que se hizo después, que vino con la guerra, y nació porque los franceses tenían que reaccionar de alguna manera frente a la ocupación alemana, ahí empezó a agarrar fuerza. Después aparecen los pintores abstractos norteamericanos que eran mucho más radicales”.

“Hay una gran influencia de Juan Francisco González en su pintura, que se puede notar en la soltura del trazo, en la utilización de colores intensos. Quizás la pintura del ‘13 también podría haber influido en ella, pero esa era una pintura oscura, narrativa, en cambio ella hace flores, por ejemplo, siempre con colores intensos y con una tendencia cercana a lo francés”.

“La pintura del ‘13 era una pintura de proletarios, de bajo estrato social, y estos otros que son del ‘28 eran gente culta, elegidos a dedo por Camilo Mori. Por ejemplo Laureano Guevara o Héctor Banderas, todos tenían algún tipo de formación cultural y profesional. Así se convenció al Ministro de Educación de ese tiempo, Pablo Ramírez,  de que existía un proletariado artístico que no vendía y no tenía público, y que por lo tanto había que formar a artistas en Artes Aplicadas, que uno estudiara escenografía, otro afiche o pintura sobre vidrio, etc. Porque ya se había formado la Escuela de Artes Aplicadas el año ‘27 y había que capacitar mejor al proletariado artístico, porque era gente muy poco preparada. Por ejemplo Camilo Mori estudió afiche, Roberto Meres estudió paisajismo, Isaías Cabezón aprendió escenografía, etc”.
“A Ana Cortés se le enmarca dentro de esta Generación del ‘28, a pesar de que ella no viajó con ese grupo de becados a París, pero es porque era muy cercana a todos ellos y porque ella expuso en el Salón del ‘28 donde sacó premio con un afiche. Igualmente Camilo Mori hizo mucho más afiche que Anita, ella se dedicó más a la enseñanza que a la creación, divulgó ese arte”.

“Anita Cortés tuvo un fauvismo aplacado, existía deformación plástica y se mantuvo dentro de cierta simplificación, de cierta síntesis de la figura humana, pero no hizo un fauvismo como el de Matisse por ejemplo. Además que le gustaba mucho hacer cosas que tenían que ver con Chile, porque hizo muchas flores chilenas, escenas interiores de la modestia del período. Juega con las siluetas y rompe con la perspectiva, pero no hizo un fauvismo muy intenso. Cuando sí estuvo cercana a los franceses de ese momento, fue cuando comenzó con la abstracción. No tuvo tanta influencia del cubismo, a pesar de que se formó en el taller de André Lothe, pero él no hacía un cubismo tan fuerte como el de Picasso o el de Juan Gris, era un cubismo más social o decorativo”.

“¿Porqué el Premio Nacional? Había que cumplir ciertas condiciones. La primera es que fuera un docente de cierta importancia, lo que ella cumplía a cabalidad, pues tenía una gran trayectoria como profesora. La segunda era que tuviera una pintura con trascendencia nacional y que por su puesto tuviera las influencias modernas del momento, lo cual también cumplía. Por lo tanto, la segunda condición de originalidad plástica, pero también contemporaneidad, o sea que esté acorde a la pintura que se está haciendo en el mundo, también lo cumple. Es una artista muy identificable y muy original. Además nunca dejó ese afán de renovarse, como se puede ver en su trayectoria pictórica, y fue una artista muy prolífica con más de 800 obras a su haber”.

5 de septiembre de 2013

ENRIQUE SOLANICH,

historiador del arte.

“Yo trabajaba en la sala de exposiciones del Ministerio de Educación. Ahí conocí a Anita, trasladando los cuadros de su casa, y me llevé una impresión muy agradable. Coincidió ese año que le dieron el Premio Nacional de Arte, con el Año Internacional de la Mujer (fue el ’75 al año siguiente). Tal vez por eso se le hizo la exposición. Ese fue el primer año que se celebraba en Chile el Año de la Mujer, o por lo menos bajo el Régimen Militar. Ese sólo hecho hizo que inmediatamente la gente se cuestionara el otorgamiento de ese premio... la típica de Chile. Basta que a alguien lo designen Premio Nacional para que inmediatamente aflore el grupo que está en contra, protesta, critica y argumente que por qué no se le debió dar el premio, sobretodo de parte de los varones, ellos siempre se quejaban, porque los artistas eran capaces de traicionar a su madre para conseguir ese premio. Entonces yo recuerdo – en ese momento yo tenía 28 años – me llamaba mucho la atención ese encono que había, primero porque era mujer y segundo porque se decía que se estaba aprovechando el Año Internacional para tener una figura un poco rutilante, etc. Y yo sopesé su pintura bajo ese prisma y la verdad es que pensé que no era una pintura tan vanguardista, no es tan fundamental en la historia del curso de la pintura chilena. Si me atengo, decía yo, a los antecedentes de esta señora, son importantes, pero homologables o casi iguales a muchos artistas de la generación del ‘28, o sea no hay nada que marcara mucho la diferencia. Pero lo que sí marcaba la diferencia, y que el Premio Nacional considera y debería considerar siempre, era su labor educativa como docente que ella ejerció. Han quedado muchos Premios Nacionales de Arte al margen de él porque no han hecho una labor docente, y en general, se privilegia a aquellas personas que han hecho clases, que han estado incorporadas a una Universidad o Instituto de Educación Superior y que han podido dejar una semilla”.

“Los que competían ese año eran Pacheco Altamirano, Israel Roa, Héctor Cáceres, Sergio Montecinos y Ana Cortés; y el jurado estaba conformado por Domingo Santa Cruz -músico, fue Decano de la Facultad de Bellas Artes, defensor de la educación artística al interior de una institución-, Maruja Pinedo -Secretaria General de Facultad-, Roberto Escobar, Matías Vial -Decano de la Facultad de Bellas Artes-, Hugo Castro -Ministro de Educación- y Fernando Debesa. Matías y Maruja deben haber bregado para que fuera alguien de la Facultad, porque aquí también aparecen las apetencias de las instituciones. Cuando se confiere un Premio Nacional y hay consideración de que son profesores, normalmente va a tender a ser privilegiado un profesor de la Universidad de Chile. Porque es una universidad estatal y porque el Rector forma parte de todos los comités o jurados. Por ejemplo, si tu revisas las quejas de Patricio Mann el dice, “a mí nunca me van a dar el Premio porque no soy profesor de la Universidad de Chile”. Ahí tiene que haber bregado mucho la opinión de Maruja Pinedo, las dos contemporáneas, cultas, elevadas, de buen pasar, no eran de los artistas “artesas”. Entonces lo que puede haber marcado la diferencia con Montecinos, que era académico, Altamirano y Roa, era la condición de género y la condición de ella como educadora. Y aquí viene un aspecto muy importante que es el que quisiera subrayar, porque nunca se le ha dado la debida importancia: la Anita Cortés integró lo que era la antigua Facultad de Bellas Artes, que era la Escuela de Artes Aplicadas, el cual es un capítulo maravilloso de la historia artística de este país que tampoco ha sido lo suficientemente estudiado, salvo por una investigación que hizo Eduardo Castillo. En un capítulo que escribí en el libro sobre Marco Aurelio Bontá digo que la Escuela de Artes Aplicadas fue la primera Escuela de Diseño. Lo que se enseña en las escuelas de diseño actuales es lo que se enseñaba hace ‘30 años ahí y ésta tuvo un mérito extraordinario, porque incorporó al cuerpo docente a aquellos profesores que habían estado uno o dos años anteriores becados en Europa, los de la Generación del ‘28. También cuando acaece el hecho de becar a estos artistas a Europa el Estado lo hace de una manera brillante. Esto que parece una paradoja, es la cosa más beneficiosa que hizo un dictador. El general Carlos Ibañez Del Campo cierra la Escuela de Bellas Artes y se escogen a los mejores alumnos para ir becados a Europa, pero no se les manda a hacer lo que quieran, sino que se les manda a cada uno con la misión de estudiar pintura o escultura, y además una mención de artes aplicadas como vitral, encuadernación, afiche, etc; porque a su vuelta debían llenar las plazas de profesores que se generarían cuando se fuera a restablecer la Escuela de Artes Decorativas o Escuela de Artes Aplicadas”.

“Yo enmarco a Ana Cortés dentro de la Generación del ’28, a pesar de que no partió junto a los becados,  porque estaba desde antes en Europa.  Aprendió y se especializó en gráfica. No sé exactamente lo que ella estudió, no creo que haya estudiado artes gráficas, entendiendo por ello lo que se entendía en los años ‘20 como tipografía, trabajo de imprenta, diseño de afiches y carteles. Sin embargo, ella asumió esa cátedra en la Escuela de Artes Aplicadas y lo hizo muy bien. Las portadas de las Revistas de Arte de la Universidad de Chile eran hechas por todos los alumnos de Ana Cortés”.

“Tratado del paisaje” y “Tratado de la figura humana” de André Lothe, eran la biblia para los estudiantes de arte en Chile, particularmente para los de la Artes Aplicadas y Bellas Artes. Si no te leías el “Tratado del paisaje” eras ignorante. Ese debe haber sido el máximo alimento teorético de Anita Cortés. A si que en los cursos con él debe haber habido harta teoría, pero igual era un taller de pintura, no de artes gráficas.

“Lo que ayudó a Anita es que ella tuvo una carrera docente en las Escuelas Técnicas Femeninas, y es allí donde ella pudo poner en práctica todas estas cosas que ella trasvasijaba a la Escuela de Artes Aplicadas. El diseño de letras, el dibujo técnico. Ahí ella destacó mucho. Entonces hay una labor educativa muy importante de Anita que cubre dos frentes, la enseñanza vocacional profesional, dentro del plano de las humanidades o secundaria, y la enseñanza universitaria en la Escuela de Artes Aplicadas”.

“La princesa era la Escuela de Bellas Artes del Parque Forestal, y la Escuela de Canteros, que dirigía Samuel Román en Las Encinas, y la Escuela de Artes Aplicadas, que quedaba en Matta con Arturo Pratt, eran los parientes pobres. Si tu te remites a los fundamentos de esta última se ve que es una Escuela hecha para que los artistas, los artesanos, la gente que hace trabajos manuales, perfeccionen sus diseños. Por eso la instalaron en un barrio popular, para que vaya gente modesta que no tiene acceso a la educación universitaria, y ahí se estudiaba cerámica, artes del vidrio, encuadernación, etc. Los cuicos estaban en el Bellas Artes y los artesanos estaban en Canteros y en Artes Aplicadas, entonces había una diferencia no sólo de oficios, sino también de clases sociales. Es duro decirlo, pero cuando uno lee los decretos fundacionales se da cuenta que esa era la idea exprofesamente”.

“Yo creo que Anita Cortés fue una tremenda profesora, porque ella despertaba mucho cariño en sus alumnos, por su gran calidad humana, generosa, asistía a los alumnos necesitados. Yo nunca escuché malas referencias de ella como profesora, sí como pintora por cuestiones de envidia típicas”.

“En su condición de pintora hay una dualidad, porque ella por una parte aparece como muy vanguardista, cerca de la abstracción postcubista, pero de repente hace una pintura naturalista. Y esa es una cosa que no me termina de satisfacer, ni la puedo macerar adecuadamente, hay algo que no me calza. Yo creo que en ella había una bipolaridad estética. Por una parte, por su experiencia en Europa, en París, en la cuna, en la ciudad Louvre, el epicentro de los años ‘20, había una tremenda apuesta por la modernidad. Pero como era mujer, estaba en Chile y venía de una familia más bien tradicional y conservadora, y en ese ambiente se movía, también tenía una pintura que satisfacía esos intereses. Algunos dibujos de Cortés tienen trazas de un modernismo poco usado para la época, cuesta creer que son hechos por una mujer y eso habla bien de ella no mal. Y me iría confirmando esta tesis sobre una apuesta por la modernidad que estaba muy latente en ella, pero también estaba esa cosa conservadora que el medio le imponía y le exigía, o que realizaba quizás para vender, pero en todos los artistas de esos años, la estabilidad económica provenía del ejercicio docente, más que de la venta de sus cuadros. Cuando yo participé en la exposición del Mineduc sobre Anita Cortés habían estos dos tipos de cuadros, y las cosas abstractas me dio la impresión de que eran de larga data, no eran recientes de los ‘60”.

“Para decir que ella era una pionera del arte abstracto en Chile, tendríamos que hablar de principios de los años ‘30. Ahí hay otra figura muy importante que es Hernán Gazmuri y que probablemente eran amigos con Anita. Él hizo clases en la Universidad Técnica del Estado que tiene vasos comunicantes con las escuelas vocacionales femeninas. Él apuntó tempranamente por la pintura abstracta geométrica o post cubista, no figurativa”.
“Yo nunca he visto un afiche de Anita Cortés. De Camilo Mori abundan, pero nunca he visto uno de ella. Se da la siguiente paradoja: hay mucho profesor que enseña mucha cosa y es como el “padre Gatica”, que predica y no practica. Hay mucha gente que hace clases de algo, pero no lo practica”.

“Me parece que en la generación de ella habían otros artistas más destacados que ella. Por ejemplo, Henriette Petit, Emilia Arrate. Yo creo que Cortés es rescatable porque forma parte de una generación muy importante, y porque fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Arte, mención pintura, y eso ya amerita una investigación”.

22 de julio de 2013